Los ojos infinitos de un sacerdote supremo me transmitían con su mirada toda la fuerza de la historia, pero ahora la soledad parece haber ganado una batalla más al tiempo.
La grandeza de nuestra cultura ha sobrevivido, como por arte de magia, por centenares de años, olvidando al tiempo, aguardando en silencio la luz de una nueva mirada, una, que apenas descubre las maravillas de vivir la cultura no como el regalo de un libro antiguo que te cuenta hoy lo que paso ayer, sino como el oro del cual se visten los hijos del sol.
Un inesperado y caluroso sol asomo por el horizonte y parecía posarse estratégicamente sobre el rostro de todos, y es que a mediados de la tarde las casacas y los polares eran ya una cosa verdaderamente ridícula. Adormilado y llevando a cuestas un cansancio, producto de una larga noche y de no un menos difícil mañana, me enrumbe a la Huaca de Huallamarca, a cumplir con algo mas que una simple tarea.

Calle Nicolás Ribera 201, San Isidro, una imponente pirámide trunca emerge del suelo como la demostración de este de toda la belleza que es capas la naturaleza, pero contrario a lo que muchos puedan pensar y creer, esta maravilla hecha de barro es producto de la visión del pasado, de una mirada que tal ves, pudo ver a través del tiempo, del olvido, de la historia.
No tocar, ni se te ocurra, mejor ni lo intentes, tan cerca y tan lejos a la ves de las cosas, de todo aquello que te muestra que provienes de algo mas que de una simple cadena de sucesos, de consecuencias. Un discurso monótono y aprendido a las malas, recibe a una grupo de personas entre los cuales me encuentro yo, agradablemente sorprendido por las cosas que veo, pero, aburrido en gran medida, no solo porque pude emplear mi tarde en una siesta que reponga mis energías y mis ganas de seguir viviendo, sino porque el lugar en encerraba lo que antes era libre y mataba cada ves y a cada paso las ilusiones e conocer algo tan bello y tan cercano.
Una serie de detalles que intrínsecamente pintaba de cuerpo entero la situación del turismo en nuestro país, ir a un museo, a visitar una huaca, un mausoleo, debería ser más que una actividad toda una experiencia. Algo que quieras hacer constantemente, que te guste por lo que puedas pensar allí mismo y por lo que puedas sentir siempre, sin importar a donde ballas, un lugar con el cual te identifiques.
Un insoportable hedor a desinterés reinaba en el lugar y nada de lo que se dijera pensara o hiciera podía cambiar eso, preguntas constantes y casi inoportunas me marcaban rápidamente como el visitante no deseado, y es que mi interés no era el serlo, buscaba una manera, un camino de lograr sentirme vinculado con lo que estaba haciendo he integrar también a la guía que estaba frente a mi.
Me pareció importante el darme cuenta de que el turista no siempre se ve reflejado sobre la superficie del monumento que esta observando, monumento el cual llamo su atención desde muy lejos, monumento al cual lo condujeron sus ganas de vivir una experiencia diferente, un camino que no comprende.

Las falencias del turismo en el Perú siguen presentes, y no son necesarias que estas se muestren como grandes pergaminos de vergüenza, como grandes esculturas hechas en desidia, como una huaca con enorme potencial atrayente pero sola. Se han realizados acuerdos por parte de la municipalidad de San Isidro para lograr hacerles estudios a sus reliquias y conseguir incrementar, si es que se cree que es posible o necesario, su importancia y validez, pero todo eso se hace como un tramite simple y sin importancia mucha, como si se hiciera porque sobra algo de tiempo y de fuerzas.
Una terrible sensación de soledad sentí desde mi llegada a aquel lugar y aun ahora que me he rodeado de gente, sigo pensando, en como es posible que dejemos que pase que dejemos que el tiempo se olvide de ello, dejar que la historia consuma como una frase celebre y trillada los vestigios de una raza inmortal, como puede ser que dejemos que la luz de una nueva mirada, de esa nueva mirada, vea con resignación nuestro presente.
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